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De la Fe de los orígenes a las afirmaciones dogmáticas

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Tomadas las cosas en un sentido amplio, se puede decir que el primer milenio fue el de la constitución de un cierto número de afirmaciones claras sobre el modo de entender la divinidad de Cristo y la unión en él de la divinidad y humanidad. Esta labor se llevó a cabo por medio de la convocación sucesiva de varios concilios. En términos técnicos se habla de la constitución de dogma cristológico, es decir, de formulaciones consideradas definitivas, no tanto por su forma cuanto por su sentido. En el futuro se podrá, y se deberá incluso, decir las cosas de otro modo. Lo que no se deberá hacer jamás será contradecir el sentido de la interpretación propuesta por los concilios.-

Nosotros nos limitaremos a recorrer los tres concilios más importantes: Nicea, Efeso y Calcedonia, celebrados todos ellos en Asia Menor, lo que hoy es Turquía, sabiendo que este movimiento continuará hasta el II Concilio de Nicea, el año 787.-

“Jesús es el Hijo de Dios”: el concilio de Nicea (325)

 Sin entrar en el detalle de debate que durante siglos, fueron a menudos muy vivos y cayeron a veces en sutilezas que nos sorprende e inclusos nos irritan, tratemos de comprender lo que estaba en juego y los motivos de fe de las partes.-

El nuevo testamento dice: “Jesús es el Hijo de Dios”, y o explica por medio de un lenguaje que se inscribe dentro de la tradición semítica. Los griegos se disponen pues legítimamente a tratar de comprender lo que quiere decir tal afirmación. Comparan entonce el lenguaje de las escrituras y el símbolo de la fe con las de las categorías del pensamiento que ellos han aprendidos en sus escuelas. Ahora bien, en estas escuelas dos cosas estaban claras. Que no puede haber mas que un Dios supremo, y que, no obstante, cabe pensar que entre el nivel del ser Dios y el nivel de los hombres haya intermediarios. A estos, desde nuestro punto de vista, se lo puede llamar dioses, ya que están muy por encima de nosotros; pero a los ojos del único Dios verdadero, son inferior[1]

 La confesión de Jesús como Hijo de Dios: de ayer a hoy

Arrio, sacerdote de la iglesia de Alejandría, en Egipto, párroco de la parroquia de Baucalis, la del puerto de la ciudad, se puso a comentar el símbolo de la fe y las Escrituras en este sentido. Trataba de poner de acuerdo su razón y su fe. Pero sus parroquianos protestaron vivamente. No era eso en absoluto lo que había escuchado en la catequesis. Para ellos el hijo y “verdadero Dios”. Y he aquí que los marineros y comerciante del puerto de Alejandría se ponen a discutir seriamente si fue engendrado o no fue engendrado, sobre el tiempo y la eternidad. Al meno es lo que no cuenta la historia, aunque que quizás haya sido adornada un poco.-

En unos años, la disputa se extendió a todo el Oriente cristiano. Dio lugar incluso a cisma entre las iglesias, justo en el momento en que el emperador Constantino acababa de convertirse al cristianismo (313). Para él, un conflicto religioso era también un conflicto político que ponía en peligro la paz de sus territorios. Habías pues que parar aquello lo antes posible.-

Para ello decidió reunir un Concilio en Nicea el año 325. Los Obispos que acuden a él, en torno a unos 300, distan mucho de estar de acuerdo. Debaten tanto en el registro de las Escritura como en el de la razón. ¿Cómo se debe interpretar el discurso de la Escritura desde el punto de vista de la razón griega? ¿Cómo traducir de verdad la afirmación de que Jesús es el Hijo de Dios?

Lo que estaba en juego afectaba directamente a la salvación de los hombres. La fe cristiana había vivido de la certeza de que en Jesús el Hijo de Dios en persona había venido a restablecer la comunicación entre Dios y los hombres. Nos había liberado del pecado y nos había introducido en la comunión de la vida divina. Sólo podía hacerlo si era personalmente Dios. De lo contrario, no hubiéramos podido ser “divinizados”. La tesis de Arrio, bajo su aparente inocencia, suponía nada menos que la destrucción de un aspecto esencial de la salvación. Sólo Dios puede dar a Dios. Si Jesús no es el Hijo de Dios, no puede comunicarnos nada de Dios. Lo que se pone en marcha por tanto es una “revisión desgarradora” de la fe cristiana. Con razón decía Atanasio:” ¡Arrio me ha robado al salvador!”.

Se trata de interrogar a los textos del Nuevo Testamento. Este dice que Jesús es el Hijo, engendrado por el Padre y que es el Verbo. Ahora bien, según la experiencia que tenemos de la generación, cada animal se reproduce según la ley de la identidad de su especie: un caballo engendra un caballo, un hombre a un hombre. El término de Hijo solo está justificado en Dios si esta ley fundamental de la generación es respetada. El Hijo recibe la naturaleza del Padre. Pero todo os aspecto propiamente corporales y sexuales de la generación humana no pueden aplicarse a Dios, que es puro espíritu y en quién no hay diferencia sexual. Volvemos a encontrar aquí el uso de la analogía[2]. En Dios la generación es puramente espiritual.-

Pero, ¿podemos representarnos una generación puramente espiritual? El lenguaje del Nuevo Testamento nos ofrece la posibilidad al llamar a Jesús también el Verbo. Todos nosotros tenemos experiencia de lo que es la génesis  de un pensamiento que nos viene a la mente: este pensamiento es una especie de generación espiritual. Procede de nosotros, pero es ya algo distinto de nosotros. En la mayoría de los casos permanece dentro de nuestra mente. Pero puede también. Hay que corregir además esta experiencia para aplicarla a Dios, por que esta palabra (Verbo) mental o expresada no es verdaderamente subsistente en el sentido en que lo somos nosotros. Se desvanece rápidamente. Sin embargo, puede verse también que esta generación no atenúa en nada la unidad de nuestra persona.-

Nos serviremos pues de los dos registros, el de la generación en los seres vivos y el de la generación del Verbo mental, aprovechando su convergencia y su corrección mutua, para apuntar, como hacia un punto de fuga, a la generación única existente en Dios.-

El resultado es el siguiente: la filiación divina de Jesús debe entenderse en un sentido fuerte. Es una autentica filiación, que supone la igualdad del Hijo y del Padre, siendo la única superioridad del Padre el ser quién engendra. Esta filiación se expresa en el registro de la existencia humana a lo largo de la vida de Jesús y principalmente en el momento de la cruz y la resurrección. La generación eterna se exterioriza en el tiempo se Jesús y se hace concreta para nosotros a través de la relación viva de amor entre Jesús y su Padre.-

Era necesario que esta interpretación pudiera expresarse en lenguaje griego y con palabras griegas. Por eso el concilio de Nicea decidió introducir en la confesión de fe tradicional, expresada según los términos de las escrituras, dos expresiones griegas técnicas, la primera de las cuales va introducida por un “es decir”: “El Hijo de Dios, engendrado por el Padre como Hijo único, es decir, de la substancia del Padre, (…es) consubstancial con el Padre”.-

Los griegos solían hablar en término de substancia. Expresaban así con categorías diversa el nivel de los seres. Se trataba de saber si la categoría de ser el Hijo era la misma que el Padre, una categoría propiamente divina. Las dos expresiones escogidas lo dicen sin ambigüedad. Los obispos de Nicea convirtieron su mentalidad cultural griega para aceptar lo inaudito de Jesús, Hijo de Dios, igual en todo a su Padre[3].-

“El Verbo se hizo carne”: el concilio de Efeso 

La encarnación del Hijo de Dios es, decididamente, algo difícil de admitir para el espíritu humano. En el siglo V volvió a plantearse la cuestión con nuevos términos. Si se admite que Cristo es el Hijo de Dios en el sentido fuerte del término, ¿cómo hay que entender el que pudiera hacerse “carne”? Esta frase es provocadora. ¿No hay otra interpretación más razonable de las cosas? ¿No hay que mantener un mínimo de separación entre la divinidad del Hijo y la existencia del hombre Jesús? De no ser así estaríamos ante afirmaciones inaceptables para un espíritu griego bien nacido. ¿Es legítimo decir que el Verbo de Dios, no sólo lloró lágrimas de sangre y experimentó una tristeza mortal en el momento de su agonía, no solo murió personalmente en la cruz, sino que mamó además en el seno de la Virgen María? Para los antiguos griegos, lo que concierne al nacimiento era considerado una debilidad humillante para un hombre: nacer de las “partes vergonzosas” de una mujer, en medio de la sangre y la “inmundicia”. ¿No había que excluir todo esto, a cualquier precio, del Verbo de Dios? De no ser así su cercanía se transformaría en promiscuidad.

Esta vez es un obispo, Nestorio, arzobispo de Constantinopla, por tanto un personaje importante, quién predica rechazando el título de la Virgen María de “Madre de Dios”, aceptada comúnmente en la Iglesia hacía más de cien años.-

Para él, María era simplemente madre de Cristo, es decir del hombre Jesús, que se encontraba “unido” con una relación muy estrecha al Verbo de Dios. Nestorio cometía así varias confusiones en el uso de las categorías del lenguaje, pero esto queda en el plano de lo técnico. Su verdadera motivación es que le parece escandalosa la realidad de la encarnación en sus últimas consecuencias. No puede admitir la fórmula joánica: “El Verbo se hizo carne”.

Se vuelven a repetir las escenas de Nicea: la irritación del pueblo, el debate en toda la cuenca del Mediterráneo oriental y la reunión de un concilio en Efeso en el 431[4]

“La confesión de Jesús como Hijo de Dios”

El concilio de Éfeso adoptó por aclamación la doctrina de Cirilo de Alejandría, que traducía a su vez la fórmula joánica en términos griegos. “El Verbo se hizo carne” significa que el Verbo de Dios asumió o se apropió su generación según la carne recibida de María como algo vivido a título personal. Su humanidad no es para él un “haber”, sino que se ha convertido en su propio “ser”. Pero no por eso se confunde su naturaleza humana y su naturaleza divina. Afirmaciones como las siguientes son por tanto legítimas: El Verbo de Dios nació según su humanidad, del mismo modo que murió en su humanidad, aún cuando su divinidad no pudiera nacer según la carne ni morir.-

Pero decir que Cristo, el Hijo de Dios, murió según su humanidad y no según su divinidad, ¿no es un juego de palabras sin contenidos? Pongamos un ejemplo. Supongamos que un seer que nos es querido cae enfermo de un cáncer grave e incurable. Hablando propiamente, sólo un órgano de su cuerpo es afectado por el cáncer, o caso extremo, cuando se trata de un cáncer generalizado, todos sus órganos. Su alma o su persona espiritual escapan a la realidad de la enfermedad. Sin embargo, si reflexionamos sobre la existencia de este ser querido, nos damos cuenta que es la totalidad de su persona la que es afectada concretamente por la enfermedad. Es la persona humana la que sufre física y moralmente. No solo tiene que soportar duros tratamientos, sino también la esperanza de vida muy limitada. El cáncer ha cambiado rostro de una existencia que se transforma por entero. El enfermo tiene que dejar a su familia y sus ocupaciones profesionales para irse al hospital. Es la unida concreta de alma-cuerpo de esta persona la que vive la prueba del cáncer. Lo mismo ocurre con Cristo. En él la persona del Verbo de Dios se ve directamente afectada por todo le que le ocurre a su humanidad. Se ve en los evangelios cuando está cansado, cuando tiene hambre o sed, cuando siente la tristeza mortal de la agonía y lanza el grito de abandono en la cruz. Todo esto concierne en realidad a su persona, a la vez divina y humana. Eso es lo que nos maravilla: el que Dios haya podido llegar a eso[5].-

“Jesucristo verdadero Dios y verdadero hombre”: El concilio de Calcedonia (451)

 El movimiento pendular, de un extremo a otro, existe también en teología. Nestorio separaba al hombre Jesús del Hijo de Dios. Otro hereje, que todo el mundo coincide en designar como “viejo obtuso”, quiso mezclar las dos naturalezas de Cristo. Consideraba que la naturaleza humana se perdía en la naturaleza divina como una gota de agua en el mar. Esto significaba que Dios no era ya verdaderamente hombre.-

Se convocó a un nuevo concilio en la orilla asiática de Constantinopla, en Calcedonia, el año 451. El concilio se propuso como tarea completar la aportación de Éfeso, y equilibrarla incluso, expresando en una fórmula lo que es único en Cristo, su persona de Hijo, y lo que es doble, su naturaleza humana y divina. He aquí la parte decisiva de la definición de Calcedonia:

 “Hay que confesar (…) A un único Cristo,

Hijo, Señor, Unigénito (único)

Reconocido en dos naturalezas

Sin mezcla ni cambio

Sin división ni separación (…)”

Esta definición tiene la gran ventaja de integrar los puntos de vistas antagónicos de Alejandría (la unidad de la persona de Cristo) y de Antioquia (la dualidad de sus naturaleza, que no están ni mezclada ni separada). Si queremos una representación analógica  de ellos, podemos pensar de nuevo en la unión del alma y del cuerpo. Ambas forman una unidad, y no podemos localizar el alma en ningún lugar preciso del cuerpo. Sin embargo, no se mezclan, por que se trata de dos realidades radicalmente diferentes. Cada una sigue siendo lo que es.-

Esta definición llegará tal cual hasta nosotros como una referencia fundamental de todo discurso sobre Jesucristo. Es sin duda la más célebre de toda la historia, aunque tardó cien años en imponerse y fue completada por el trabajo de otro dos concilios (Constantinopla II y III). En la actualidad es objeto de un amplísimo consenso ecuménico entre los cristianos. Pero también se han hecho patente sus limitaciones y la inconveniencia de su lenguaje abstracto, demasiado intemporal[6] 

BIBLIOGRAFIA

Texto tomado de: Creer: Invitación a la fe católica para las mujeres y los hombres del siglo XXI. Bernard Sesboue. Ed San Pablo. París 1999 Pp, 425-433


[1] El gran sistema filosófico platónico (de Platón, ca 428-348 a. C), retomado en parte y modificado en el siglo III de nuestra era por Plotino (ca 205-ca 270),proponía así la existencia de tres grandes principios del mundo, en gradación descendente: en la cumbre, el Uno o el Bien, el único que es verdaderamente Dios y soberano del universo (monarquía);  luego el Verbo o la inteligencia (Logos o Nous), emanado del primer principio; y, finalmente, el alma del mundo (Psyche), emanado a su vez del segundo. Era tentador hacer coincidir la Trinidad cristiana con una trilogía de este tipo. La palabra “Verbo” era común a ambas partes, y se podía identificar el alma del mundo con el espíritu de Dios. El Nuevo Testamento parecía incluso mostrar ciertos argumentos en este sentido. Nunca quiso romper con el tema de la unicidad de Dios, que heredaba de la fe judía como el bien más preciado. El Dios supremo y único seguía siendo para él el Padre. Por otra parte, según un axioma filosófico, deducida de la noción misma de Dios, este no puede deber su origen a nadie más que así mismo. Dios es el ingénito (no engendrado) por excelencia. Ahora bien, el Nuevo Testamento mismo proclama a Jesús Hijo, es decir engendrado, que debe su origen a otro, al Padre. Por tanto, por definición, no puede ser Dios en el mismo sentido que el Padre. Por otra parte, no puede ser co-eterno con el Padre, por que necesariamente hubo un momento en el que todavía no había sido engendrado. Todo esto corresponde muy bien con la trilogía de Platón o de Plotino.-

[2] Cf supra,pp 72s

[3] Podría pensar que la decisión del Concilio hubiera bastado para apaciguar los ánimos. Ocurrió lo contrario. Muchos se escandalizaron de la introducción de este “caballo de Troya” que era el vocabulario de la sabiduría pagana en el santuario de la profesión de la fe cristiana. siguieron cincuenta años de debates, de múltiple decisiones conciliares contrarias y de cisma, hasta la reconciliación general del concilio i DE Constantinopla, e. 381. Este fue el tiempo necesario para la aceptación concreta en la iglesia de la decisión de Nicea.

[4] El desarrollo de este Concilio distó mucho de ser ejemplar, por que estuvo dirigido por el adversario personal de Nestorio, Cirilo de Alejandría, cuya teología era justa pero su carácter arrebatado y violento. Cansado por ejemplo, de esperar en el calor de julio la delegación de los obispos “orientales” de la región de Antioquia de Siria, Cirilo decidió abrir el concilio ante de su llegada. Ahora bien, estos obispos pertenecían a la misma escuela teológica que Nestorio y eran los que se encontraban en mejor situación para discernir lo justo y lo errado en la postura de este. No fue pequeño el alboroto cuando al fin llegaron a Efeso y se encontraron todo el asunto ya concluido sin ellos.-

[5] En términos técnicos, Cirilo hablará de la “unión  según la hipóstasis”, siendo hipóstasis el término preferido por los griegos para expresar la idea o de persona o sujeto concreto. Dicho de otro modo, por la encarnación el Verbo asume en el núcleo mismo de su ser personal su propia humanidad. El Verbo se hace verdadero hombre, se humaniza auténticamente. El concilio de Éfeso dejaba sin embargo un gran malestar, por que no había logrado reconciliar a todos los obispos presentes y distaba mucho de haber acabado la tarea que se había encomendado. Fue necesaria la meritoria Acta de unión acordada el 433 entre los jefes de las dos grandes escuelas teológicas del tiempo, Cirilo de Alejandría y Juan de Antioquia, para elaborar un texto de confesión de fe cristológica que pudiera satisfacer a ambas partes.

[6] Puede pensarse que este desarrollo de la reflexión eclesial sobre Cristo no es muy  edificante. Estuvo en efecto profundamente marcado por cuestiones personales, por enfrentamiento entre sedes episcopales, por la política eclesiástica  y por la política a seca. La Iglesia vive y progresa por medio de hombres pecadores. ¿no es algo consolador? Esto relativiza lo que pueda decepcionarnos en la Iglesia de hoy. A pensar de tantas vicisitudes, la Iglesia ha sabido mantener la autenticidad de su fe en Cristo y subrayar los puntos más difíciles de la misma para todo espíritu humano .En eso consiste la discreta acción en ella del Espíritu Santo, que orienta los corazones en el sentido de la verdad y de la caridad.

 

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