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Jesús ante su muerte

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1.     El choque con las autoridades: Jesús y el templo

Todo lo anterior indica que Jesús desata una crisis al interior de la religión judía. Desde el primer momento aparece la resistencia y las intenciones de matarlo. El choque con sus adversarios se vive en un contexto escatológico, como parte de la crisis provocada por la llegada del reino de Dios.

Así le sucede, incluso, en su Nazaret natal, tras dejar en claro que ningún profeta es bien recibido en su tierra y hacer referencia a cómo Elías y Eliseo, los padres del profetismo de Israel, habían sido recibidos por los extranjeros: 

                   Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención despeñarlo. Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino. (Lc 4, 28-29) 

Los Evangelios nos relatan reiteradamente la intención de las autoridades judías (saduceos, herodianos, sumos sacerdotes, fariseos y hasta el mismo Herodes Antipas) de prenderlo, apedrearle y matarlo. El desenlace de la vida de Juan Bautista pone a Jesús ante la perspectiva cierta de su propia muerte violenta. El lee esta perspectiva desde el destino de los profetas (cfr. Mt. 23, 34) Y así responde a las amenazas:

Se acercaron algunos fariseos que le dijeron: "Aléjate de aquí, porque Herodes quiere matarte”. El les respondió: 'Vayan a decir a ese zorro: hoy y mañana expulso a los demonios y realizo curaciones, y al tercer día habré terminado. Pero debo seguir mi camino hoy, mañana y pasado, porque no puede ser que un profeta muera fuera de Jerusalén " (Lc. 13, 31-33).

Pero el conflicto que enmarca el violento desenlace de su vida es el que se suscita en tomo al Templo de Jerusalén. Jesús se dirige a la ciudad santa no sin sospechar lo que puede ocurrir. Así parecen mostrarlo los anuncios de la pasión (cfr. Mc. 8, 31; 9, 31; 10, 33-34). Y Jesús tiene el atrevimiento de declararse superior al Templo:

“Ahora bien, yo les digo que aquí hay alguien más grande que el Templo” (Mt. 12, 6) 

En Jerusalén es recibido con alborozo por algunos; lo cierto es que él pasa los últimos días entre la actividad en el Templo y el retiro cotidiano a Betania, en las cercanías de la ciudad (Me. 11,8-11). En esos días se produce un “choque” en el Templo del que dan referencia los cuatro evangelistas:

Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, oveja y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesa, Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo junto con sus ovejas y bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores d palomas: “Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio” (In. 2, 13-16).

Este episodio no debe ser leído en una clave moralista o profética –como si Jesús quisiera sólo liberar el Templo de aquellos mercaderes que lo habían reducido a una “cueva de ladrones”-, sino en clave mucho más profunda. Se trata de la superación de una economía de salvación que allí se expresaba. Jesús muestra que el lugar del encuentro con Yavé, que en el AT es el templo, ahora deja de serlo: es su misma persona la que con su anuncio y su praxis instaura el Reino de Dios entre los hombres.

Parece claro que Jesús “descultualiza" la relación con Dios, al relativizar las instituciones legales y rituales. No acude al Templo a ofrecer sacrificios. Lo hace porque allí se dan cita los destinatarios de su mensaje. Incluso es aclamado en él: 

En el Templo se le acercaron varios ciegos y paralíticos y él los curó. Al ver los prodigios que acababa de hacer y a los niños que gritaban en el Templo: "¡Hosana al Hijo de David! ", los sumos sacerdotes y los escribas se indignaron (Mt. 21,14-15).

Con profundas connotaciones apocalípticas resuena la profecía de Jesús sobre el Templo de Jerusalén:

Jesús les respondió: “Destruyan este Templo y en tres días lo volveré a levantar (Jn 2,19) 

De hecho, en el proceso que contra Jesús sigue el Sanedrín, aparece como una de las acusaciones  dicha profecía:

.....Finalmente, se presentaron dos que declararon: “Este hombre dijo: ‘Yo puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días’” (Mt 26, 60-61)

Y vuelve a aparecer la referencia a la profecía entre aquellos que se burlaban de él en la cruz.

Los que pasaban, lo insultaban y, moviendo la cabeza decían: “Tú que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, ¡sálvate a ti mismo si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!” (Mt 27, 39-40)

Como vimos más arriba, en el Templo eran muchos los intereses que se entrecruzaban: el de Herodes, de quien dependía la construcción y el del sumo sacerdote, jefe del Templo, del sanedrín y del partido de los saduceos. La supervivencia de la aristocracia sacerdotal dependía de la existencia del Templo de Jerusalén. El temor no radicaba tanto en que Jesús destruyera el Templo sino en que levantara al pueblo en contra de sus jefes. Como lo muestra un pasaje de Juan, su muerte –al igual que la del bautista- fue el fruto de un cálculo político

Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron un consejo y dijeron: "¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchos signos Si lo dejamos seguir así todos creerán en él, y los romanos vendrán y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación'. Uno de ellos, llamado Caifás, que era sumo sacerdote ese año, les dijo: "Ustedes no comprenden nada. ¿No les parece preferible que un solo hombre muera por el pueblo y no que perezca la nación entera?”. (... ) A partir de ese día, resolvieron que debían matar a Jesús (Jn. 11, 45-50.53).

Las horas de Jesús de Nazaret, el galileo que había llegado con su buena nueva al corazón de Israel, estaban contadas.

JESÚS ANTE SU MUERTE

La pregunta fundamental que se nos ha planteado a menudo al estudiar la figura histórica de Jesús, examinando el desenlace dramático y malogrado de su misión, ha sido ésta: ¿Podía Él prever su final violento? ¿Efectivamente ha previsto su muerte tan dramática? ¿O más bien ha sido un contratiempo en el trayecto? 

1. JESUS HA PREVISTO SU MUERTE

Desde un examen desapasionado y crítico de los datos bíblicos, hemos de responder positivamente: ciertamente Jesús ha previsto este final dramático de su proyecto mesiánico. Pero, ¿en qué se ha basado para esto?

- Sobre todo la ha previsto sobre la base de la situación conflictiva que ya hemos examinado. Es claro que a la luz del conflicto que se había creado, Jesús se daba cuenta de que manteniendo su línea de conducta, de acción y de predicación, su historia no podía terminar de forma diferente. Tanto es así que los evangelistas, sobre todo Juan, destacan con suficiente nitidez que, muy pronto, los judíos habían decidido eliminarlo.

- El segundo motivo, utilizado más tarde por la reflexión cristiana después de la Pascua, es el de la interpretación de las Escrituras, realizada a la luz del Espíritu, que actualiza la presencia de Dios en la historia. Desde esta perspectiva, hemos visto ya, por ejemplo, que Jesús interpreta su acción a la luz de la figura del siervo sufriente de Jhwh y del profeta rechazado.

- El tercer motivo, el más profundo, es que Jesús afronta conscientemente la posibilidad de este fracaso final de su misión, gracias a su percepción profunda del proyecto del Padre sobre Él. Nosotros, normalmente, tenemos esta visión: Jesús, desde el principio tiene claro lo que debe realizar, y que debe morir por la redención de nuestros pecados. En cambio, lo que importa comprender bien es que Jesús, a través de su oración y de su acción, posee una comprensión profunda del proyecto del Padre, está en comunión con el proyecto del Padre. Éste es un dato también de la experiencia humana: cuando un hombre está profundamente unido a Dios, se da cuenta de lo que Dios le pide a través de las mismas circunstancias externas, incluso cuando éstas no son luminosas ni claramente descifrables... Mucho ha de verse esto en Jesús, desde la perspectiva de aquella autoconciencia singular que le es propia.

Por consiguiente, Jesús ha previsto la realidad de este fracaso, y ha integrado este conflicto y el desenlace final de su historia dentro de su proyecto mesiánico. Dicho proyecto no tiene una andadura superficialmente lineal, pero tampoco conoce rupturas radicales y traumáticas, sino una constante y coherente profundización. Como ya hemos apuntado, Israel no acoge la invitación a la conversión de parte de Jesús, y por tanto, Él se ve empujado a construir dentro de Israel una nueva comunidad mesiánica. También en lo que se refiere al conflicto y a la muerte tenemos una reinterpretación y una profundización de este tipo.

Pero, en concreto, ¿cómo interpreta Jesús esta muerte, que cada vez va cobrando más visos de realidad, hasta llegar a ser inevitable?

2. JESÚS HA INTEGRADO LA MUERTE EN SU PROYECTO MESIÁNICO

El primer testimonio histórico que poseemos de la autoconciencia de Jesús respecto a la muerte, es narrado por Marcos inmediatamente después y en relación con la confesión de Cesarea:

“Y comenzó a enseñarles que el Hijo del Hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días» (Mc 8, 31).

Ésta, que se suele considerar como una profecía de Jesús, es utilizada tres veces por los Sinópticos, y más que una profecía es considerada como una integración de este conflicto y de la muerte dentro del proyecto mesiánico de Jesús; y al mismo tiempo también como una preparación de los apóstoles a este acontecimiento.

De forma que nos permite dibujar esta parábola a partir de la historia del Nazareno. En el primer momento de la predicación el mensaje central es el del Reino de Dios; en el segundo, el mensaje del Reino se vuelve a expresar de forma más explícita a través de la imagen del Hijo del Hombre. Este tema, a partir sobre todo de Cesarea de Filipo, está unido estrechamente al evento del sufrimiento, del rechazo, de la muerte: el Hijo del Hombre es visto a la luz de la figura del Siervo sufriente de Isaías.

Por tanto, la figura del hijo del hombre, que en Daniel y en la perspectiva apocalíptica y mesiánica se describe en estado glorioso, de victoria escatológico, aquí es unida a un estado de sufrimiento y de muerte en la línea de lo que hemos dicho ya a propósito de la autoconciencia de Jesús.

Sin embargo, integrándola en su proyecto, ¿qué significado preciso da Jesús a su muerte violenta?

       - El primer punto fundamental es éste: hemos dicho que la existencia de Jesús se manifiesta como un existir-para; un tema, este de la pro-existencia, del amor, que ya en el kérigma de Jesús se relaciona con la muerte. Recordemos por ejemplo, el lóghion de Jesús referido a los que quieren seguirle:

«Llamando a la gente a la vez que a sus discípulos, les dijo: 'Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará'» (Mc 8, 34-35).

En este texto, la adhesión al evangelio pasa también a través del sacrificio de la vida. Sólo quien está dispuesto a sacrificar la propia vida, recibe el Reino. La muerte, el sacrificio de sí es el punto de apoyo y el sello de una existencia para los otros. Este riesgo de la propia vida se considera desde la relación con el Padre y desde la relación con los hombres.

       - En relación con el Padre: Jesús expresa muchas veces la convicción de que la adhesión a la voluntad del Padre puede tener también el precio de la fidelidad hasta la muerte. Si Dios nos da un encargo, la fidelidad al encargo pasa también por el sacrificio de la propia vida.

Este tema tan central se expresa en los evangelios a través de una fórmula técnica: cuando Jesús habla del sacrificio de la vida hacia el que se está dirigiendo, dice: “Es necesario” (dêi, en griego) que esto suceda. Pero cuando usa este “es necesario” no se trata de un destino, en el sentido griego del término, de un hado, de una necesidad impuesta, sino de una elección libre ante las consecuencias que brotan de una vida guiada desde la fidelidad a la voluntad del Padre. Esta necesidad no es fatalista sino de obediencia, y manifiesta la fe de Jesús en el Padre, que no es sólo confianza y abandono a la contemplación de su proyecto, sino que se expresa en el momento de la dificultad, del sacrificio que la adhesión a su proyecto pide en la concreción y también en la contrariedad de la historia. Y ante el rechazo y la resistencia de los hombres.

       - En relación con los hombres: ir hacia la muerte manifiesta, al mismo tiempo, la solidaridad que Jesús tiene con el hombre incluso al precio de su vida. Esta solidaridad es la característica del proyecto mesiánico de Jesús desde el bautismo, y el encaminarse hacia la muerte conscientemente se convierte por una parte, en ser fiel al proyecto del Padre, y por otra, ser solidario con los últimos, a los que Jesús se dirige con predilección.

En este sentido, el conflicto y la condena a muerte de Jesús se integran perfectamente dentro de su proyecto mesiánico: no son accidentes del camino.

Su adhesión al proyecto que le ha sido encomendado por el Padre, debe ser llevada hasta el sacrificio, hasta la muerte. Esta última, en la percepción progresiva que Jesús tiene de ella, se convierte en el sello definitivo, en la certificación decisiva de la llegada del Reino. Si Jesús no afronta las consecuencias de su kérigma y de su acción hasta la muerte no es fiel al proyecto del Padre, y por consiguiente, el Reino no puede llegar: para que el Reino llegue “es necesario” que Él entregue la vida. Esta aceptación del conflicto y no dar marcha atrás se convierte en la manifestación última, decisiva, de su fidelidad al Padre y de su solidaridad con el hombre. Es una manifestación práctica, histórica, de lo que Jesús había dicho: “Quien quiera salvar su vida, la perderá. Quien la sacrifique por mí y por el evangelio la encontrará”.

3. LAS CATEGORIAS DE INTERPRETACIÓN DE LA MUERTE DE JESÚS

Podemos profundizar y precisar más este discurso, y preguntarnos: ¿desde qué categorías, ya propias -al menos en parte- de la tradición hebrea, o universalmente humanas, y por tanto comprensibles para sus oyentes, interpreta Jesús su muerte?

a. El enviado rechazado: la parábola de los viñadores homicidas

Jesús la interpreta claramente, sobre todo, desde la categoría del profeta rechazado y perseguido(Lc 13, 32-33); Mt 23, 37), si bien integra este modelo veterotestamentario en su singular autoconciencia filial. Hay una famosa parábola -que claramente es atribuible, en la sustancia, al Jesús histórico-, que refleja esta autoconciencia: la parábola de los viñadores homicidas (cf. Mc 12, 1-9 y Mt 21, 33-45). Examinémosla de cerca.

“Un hombre plantó una viña, la rodeó de una cerca, cayó un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores, y se ausentó”.

El tema de la viña es un tema clásico del Antiguo Testamento, porque es metáfora de Israel. Dios es el viñador, Israel es la viña (cfr. Is 5, 1-6)

“Envió un siervo a los labradores a su debido tiempo para recibir de ellos una parte de los frutos de la viña. Ellos, le agarraron, le golpearon y le despacharon con las manos vacías. De nuevo les envió otro siervo; también a éste le decalabraron y le insultaron. Y envió a otro y a éste le mataron; y también a otros muchos, hiriendo a unos, matando a otros”.

Aquí, claramente, los siervos enviados son los profetas: es una reinterpretación de toda la historia de Israel.

“Todavía le quedaba un hijo predilecto; les envió a éste, el último, diciendo. 'A mi hijo le respetarán'”.

Como podemos observar, se usa también el término hijo, despues el término predilecto, que -como sabemos- es un término usado por el Antiguo Testamento para designar al rey-mesías, y existe, por consiguiente, una clara diferenciación entre los siervos y el hijo. Por tanto, ya en el Jesús pre-pascual, encontramos una precisa indicación de su autoconciencia filial.

Pero, dado que no está expresada de forma directa, era difícil para los apóstoles y los demás oyentes ver en el “hijo predilecto” del que aquí se habla, al Hijo Unigénito del Padre, en sentido ontológico (al que se aludirá en la experiencia post-pascual), mientras que era claramente posible reconocer al «hijo predilecto» en el sentido metafórico que se utilizaba aún en el Antiguo Testamento: el enviado por excelencia, el mesías de los últimos tiempos.

“Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: 'Éste es el heredero. Vamos, matémosle y quedémonos con su herencia'. Y agarrándole, le echaron fuera de la viña y le mataron» (Mt 21, 38-39).

Aquí encontramos un dato interesantísimo: el Hijo es asesinado, pero fuera de la viña. No es un «fuera» espacial, sino una exclusión de la viña como lugar teológico de la Alianza y de la promesa hecha a Israel. Veremos que en el momento de la muerte, Jesús será conducido fuera de Jerusalén, la ciudad santa, y matado en un lugar profano, el Gólgota.

«¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos?».

El rechazo realizado contra Jesús no sólo se integra en su proyecto sino que se convierte en el instrumento por el que Dios lleva a cabo su plan de salvación: la piedra desechada se convierte en piedra angular.

«Trataban de detenerle, pero tuvieron miedo de la gente, porque habían comprendido que la parábola la había dicho por ellos. Y dejándole, se fueron».

b. El Siervo sufriente que expía y salva

La segunda categoría -aún más explícita- que Jesús emplea es la del siervo justo y sufriente (ls 52, 12 - 53, 12). Este hecho es bastante importante porque en la figura del siervo justo y sufriente ya en Isaías se expresaba el valor redentor de la muerte y del sufrimiento. El siervo de JHWH -el enviado por JHWH para cumplir su proyecto- padece, se somete al sufrimiento (y quizá también a la muerte), pero precisamente a través de todo esto salva a Israel. No se da una relación de causa y efecto entre el sufrimiento del siervo y la liberación pero sí una estrecha conexión. Isaías quiere decir al menos esto: el siervo, permaneciendo fiel al proyecto de Dios, consigue que Israel comprenda su pecado y retorne a su Señor.

Jesús se aplica esta figura a sí mismo y profundiza este significado. De forma explícita lo encontramos en Marcos, en una frase que escuchamos muchas veces, pero que quizá nos cuesta comprenderla en profundidad:

«... tampoco el Hijo del Hombre ha venido a ser servido, sino a ser- vir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mc 10, 45).

«Servir» aquí significa vivir la vida y la misión del Siervo de JHWH que encuentra su culmen en el dar la vida por los hombres.

Cuando hablamos de «rescate» entra en juego otro importante elemento que es el del pecado. En el proyecto inmediato de Jesús, como fidelidad al Padre y como solidaridad con los hombres, entra el elemento de la cerrazón y del rechazo del hombre: por tanto, la muerte de Jesús pasa también por una estructura de vida marcada por el pecado, por la dureza obstinada del hombre, por la ignorancia de la que Jesús habla aún en la cruz: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34).

Por una parte se da una cerrazón consciente, libre, culpable; por otra, una cerrazón que expresa el límite, la pobreza, la ignorancia.

4. JESÚS Y LA ESPERANZA EN LA RESURRECCIÓN

Un elemento posterior y esencial que aparece en esta interpretación que Jesús mismo da de su muerte, es la esperanza con que la afronta. Todos los pasajes que se refieren a la muerte sufrida por Jesús, o que Jesús se dispone a afrontar, hablan de una muerte dramática, no trágica: es un dramatismo rociado de esperanza. ¿De dónde brota esta esperanza?

Su fuente original es la relación filial con el Padre. Jesús se arriesga a todo en la muerte, pero con esperanza, porque la vive en el horizonte de su relación con el Padre.

Este hecho lo podemos encontrar expresado en algunos textos donde Jesús habla de su muerte de forma positiva, haciendo ver que de ella, ¡precisamente de ella!, brota paradójicamente la realización de su proyecto mesiánico.

Cito sólo cinco, porque se pueden atribuir con seguridad a Jesús, siendo muy arcaicos en los símbolos y en las expresiones que emplean.

  - El primero se refiere al que Jesús llama el «signo de Jonás»

«Entonces le interpelaron algunos escribas y fariseos: 'Maestro, queremos ver una señal hecha por ti'. Mas él les respondió: '¡Generación malvada y adúltera! Una señal pide, y no se le dará otra señal que la señal del profeta Jonás. Porque de la misma manera que Jonás estuvo en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así también el Hijo del hombre estará en el seno de la tierra tres días y tres noches'» (Mt 12, 38-40).

Jesús, refiriéndose al conocido episodio de Jonás, quiere subrayar que desde su permanencia en la cruz, limitada en el tiempo, surge un anuncio de esperanza, una vida reencontrada.

     - El segundo texto, en el que podemos ver esta dialéctica típica de la autoconciencia de Jesús a propósito de su muerte, lo encontramos en Juan:

«Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12, 24).

Aquí encontramos de nuevo la misma dinámica pascual: de la muerte brota la vida. En seguida Juan une esta pequeña parábola al tema que hemos visto ya en Mateo y Marcos: «El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna» (Jn 12, 25)

     - El tercer tema es el del Templo. Cuando expulsa de él a los mercaderes, Jesús exclama:

«Destruid este Santuario y en tres días lo levantaré» (Jn 2, 19). «Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús» (2, 22).

       - El cuarto tema es el aludido a propósito de la parábola de los viñadores homicidas: la “piedra desechada” por los constructores que se convierte en «piedra angular» (Mc 12, 10), retomada también, en relación con la muerte/resurrección, por el kérigma primitivo de los apóstoles.

  - El quinto tema, considerando esta vez la acción de Jesús, lo encontramos en los milagros de resurrección que Él realiza. Hablando de los milagros hemos visto que se trata de signos que indican que el Reino está cerca: el más radical y expresivo de estos signos es la resurrección (la hija de Jairo, Mc 5, 21-24 ss; el hijo de la viuda de Naím, Lc 7,11-17; Lázaro Jn 11, 1-44). La última y más grave alienación del hombre es la muerte; la instauración del Reino, proclamada por Jesús, es también misteriosamente eficaz en este nivel extremo.

Por lo demás, en los anuncios de la pasión que hemos recordado ya, está siempre presente el anuncio de la resurrección. Normalmente, los exegetas tienden a decir que esta segunda parte de los lóghía examinados seria post-pascual, no atribuibles a Jesús. En realidad, Jesús habla de la resurrección también en otros contextos, y el hecho de que Marcos, por ejemplo, anote que los apóstoles “guardaron el secreto, discutiendo entre si qué era eso de resucitar de entre los muertos” (9, 10), testimonia en favor de la autenticidad del texto. La incomprensión deriva del hecho de que los apóstoles creían en la resurrección, pero -según la fe de Israel (como veremos después)- la esperaban al final de los tiempos: y no podían comprender qué quería decir Jesús cuando relacionaba su muerte tan estrechamente con el acontecimiento escatológico de la resurrección.

En conclusión, podemos decir que, como el kérigma del Reino es bienaventuranza, es buena noticia para los marginados y para los pobres, es perdón para los pecadores; así la esperanza de Jesús ante la muerte es percibido y anunciada por Él como el cumplimiento de esta bienaventuranza prometida a los pobres (en el sentido más radical) y como cumplimiento de este perdón ofrecido a los pecadores. La muerte, en la autoconciencia de Jesús, se convierte además en punto obligado de su mensaje y de su praxis de liberación y de salvación: es la liberación de la alienación más radical del hombre, y señala el inicio de la resurrección prometida para el final de los tiempos.

5. JESÚS Y LA FE EN LA RESURRECCIÓN DENTRO DE LA TRADICIÓN DE ISRAEL

Nos queda aún una cuestión específica: ¿cómo se sitúa Jesús, de modo explícito, ante la fe en la resurrección?, y, ante todo, ¿cómo está presente esta última en Israel?

La fe en la resurrección de los muertos es un dato reciente para Israel, y pertenece a los últimos siglos anteriores a la venida de Jesús, hasta tal punto que aún en su tiempo no era una creencia universalmente compartida. Era aceptada por los fariseos, pero no por los saduceos, porque estos últimos se referían a las tradiciones más antiguas. Partiendo de algunas afirmaciones de Jesús se puede argumentar que él, colocándose por encima de la dialéctica de los dos partidos, cree explícitamente en la resurrección de los muertos.

Es importante subrayar que esta fe en la resurrección se expresa a partir de la relación de confianza y de comunión que el hombre experimenta con JHWH. El pueblo de Israel adquiere progresivamente la creencia en la resurrección, porque advierte que la relación de comunión y de gracia con JHWH es tan fuerte que no termina ni siquiera con la muerte. El motivo de la fe en la resurrección es, por tanto, profundamente teológico por no decir teocéntrico, fundado totalmente en la experiencia de la relación con JHWH.

No es una casualidad que esta creencia en la resurrección la encontremos afirmada en el contexto de los Salmos, porque en ellos se expresa la experiencia de comunión con Dios, que se actúa sobre todo en oración (Sal 16, 9-11)

Siempre en esta misma línea, encontramos afirmada la fe en la resurrección también en el período de la persecución que el pueblo de Israel sufre en el siglo II a.C. Esta fe se convierte así en una característica de los mártires, de quienes están dispuestos, por fidelidad a JHWH, a arriesgar y a perder efectivamente la propia vida. Es una fe expresada en el II libro de los Macabeos, donde se describe la resistencia de los israelitas fieles ante la imposición de cultos distintos del culto yahvista (1M7,9); y también en la apocalíptica de Daniel (Dn 12,2).

En este sentido se puede comprender lo específico de esta fe hebrea en la resurrección respecto a la doctrina de la inmortalidad del alma, presente en la cultura greco-helenista del tiempo.

  - La primera y fundamental diferencia es que mientras en el ámbito griego y helenístico la inmortalidad es una cualidad natural del alma (que posee en sí misma una chispa de vida divina), para Israel no es una característica propia del hombre, porque por propia naturaleza él es simplemente carne (hasár), precariedad, finitud. La resurrección es don: como la vida es un don de JHWH, así la vida más allá de la muerte es un don Suyo, casi una nueva creación. En la tradición bíblica, el realizador de la resurrección del hombre es el Espíritu. aquel ruah que da la vida en la creación es también capaz de volver a dar la vida tras la muerte, que en el fondo es la misma vida que continúa.

    - La segunda diferencia, obviamente, es que mientras la doctrina de la inmortalidad del alma para los griegos alcanza sólo al espíritu del hombre, la resurrección, en la concepción hebrea, abraza la globalidad del mismo hombre, incluido su cuerpo, si bien es extremadamente difícil precisar cómo.

Jesús es heredero de esta tradición; además, vive una comunión con el Padre tan íntima que no puede dejar de alimentar una esperanza singular sobre el futuro de su existencia, y sobre la perspectiva de la resurrección escatológica de los muertos: futuro que, como sabemos por su kérigma, está además íntimamente unido a la venida escatológica del Reino.

6. LA CENA PASCUAL

Nos queda por decir alguna cosa sobre el último, importantísimo momento de la historia de Jesús, que nos muestra cómo Él fue consciente de la muerte hacia la cual se dirigía. Se trata de un evento central, porque Jesús nos dice en él qué significado pudo dar a la conclusión dramática de su vida. Este momento es el de la cena pascual. No es una coincidencia que Jesús concluya su historia, iniciada a orillas del lago de Galilea, en Jerusalén, la ciudad santa, con ocasión de la fiesta más importante de Israel, la fiesta de Pascua, celebrada en el memorial de la cena pascual.

En la cena pascual Jesús anticipa lo que será el sentido permanente de su muerte. Desde un punto de vista exegético, es uno de los elementos más fuertes y claros que indica la conciencia profunda de Jesús acerca del significado de su muerte. Más aún, nos dice que la muerte en la cruz se convierte para Jesús en un momento no sólo «integrado», sino por decirlo de alguna forma, «obligado» de su misión.

En primer lugar, vale la pena recordar dónde encontramos el testimonio de la cena pascual en el Nuevo Testamento. Como sabemos, se nos narra en los sinópticos,  y de forma más amplia, también en la primera carta a los Corintios de San Pablo (11,23-26), donde se nota que el texto es bastante arcaico. Los sinópticos y San Pablo nos transmiten la narración de la última cena de un modo estilizado: no nos describen particulares, sino que la presentan ya en la forma con la que se revivía en las primeras comunidades cristianas. Juan, sin embargo, no hace alusión a la cena pascual, sino que desarrolla dos referencias muy significativas con respecto a ella:

    - la primera es el lavatorio de los pies, que en la perspectiva del evangelista, tiene el significado del servicio ejercido hasta el don de la vida, que Jesús realiza en la cena pascual y en el acontecimiento de la cruz ;

   - la segunda es el famosísimo discurso del pan de vida, donde Jesús se presenta como el «pan» que da la vida plena y definitiva al pueblo en camino, remontándose a la tradición del maná en el desierto (6, 26-59).

¿Cuál es, por tanto, el significado de la cena pascual? Podemos señalar al menos las tres líneas interpretativas más importantes: las dos primeras las sacamos de la experiencia propia de Jesús; la tercera, la más evidente, la tomamos de la relación entre la cena pascual de Jesús y el memorial de la Pascua de los hebreos.

a)     El primer significado consiste en que podemos reconocer en la cena pascual (sobre todo tal y como nos la presenta Juan en el episodio del lavatorio de los pies), el culmen de la comensalidad de Jesús con los hombres. Aquí se anticipa lo que será la misma cruz: el llevar a la extrema consecuencia el ser comensal (o sea, solidario) de Jesús con los hombres, y sobre todo con los excluidos, un rasgo que, como sabemos, es constitutivo del proyecto mesiánico de Jesús.

b)     El segundo significado es el del banquete mesiánico que, en relación con la cruz, se convierte en el momento decisivo para la instauración del Reino de Dios, no interrumpida por la muerte de Jesús, porque esta última se convierte en el acto definitivo con el que Dios inaugura su Reino, anticipando el banquete escatológico.

c)     El tercer significado, el más importante, proviene de la relación que este banquete, ligado a la memoria del evento fundante de la historia de Israel (la liberación de Egipto), posee con la nueva Pascua que Jesús realiza, según el anuncio previo de los profetas (Deutero-Isaías, Jeremías, Ezequiel). Él, en efecto, vive la Pascua de los hebreos, según su memorial, pero dice explícitamente al referirse a su muerte: «esto es el inicio de la Nueva Alianza». El antiguo cordero pascual, inmolado para la salvación de los hebreos, es sólo un símbolo del Nuevo Cordero pascual que es Jesús mismo, así como la primera Alianza es renovada y superada en la Nueva y definitiva Alianza.

Desde esta perspectiva, encontramos en la cena pascual de Jesús dos símbolos muy importantes:

1. El primero es el cordero: Jesús se identifica con el cordero pascual que, sacrificado, da vida a los hombres, en la línea del Siervo sufriente (ls 52, 13-53, 12), que toma sobre él mismo los pecados de la multitud, y aunque inocente, se ofrece como cordero en sacrificio;

2. El segundo es el paso (pascua significa «paso») de la liberación: el Éxodo ha sido el paso de la esclavitud «política» a la libertad; la muerte de Jesús se convierte en el nuevo Éxodo de la esclavitud del pecado (en todas sus formas) a la liberación definitiva e integral.

En este momento se concentra el significado total del proyecto mesiánico de Jesús, que Él ilumina y carga de nuevo valor uniéndolo a la Pascua antigua, como su realización escatológica.

Esta hermenéutica actualizante (y profético-escatológica) que Jesús realiza en relación con la Pascua antigua, la encontramos expresada en las palabras del «pan y del vino». El pan, dice Jesús, “es Mi cuerpo entregado por vosotros”. Así pasa a ser el signo del don de su vida que Jesús realizará, y de su existencia entera. Como hemos visto, la suya es una pro-existencia, es decir, una existencia donada: la muerte en cruz no es sino el culmen, el sello de su estilo de existencia.

Por otra parte, en el vino encontramos una simbología muy rica, que echa sus raíces en la memoria histórica más antigua de Israel. Es signo de la alegría mesiánica, pero, al mismo tiempo, Jesús lo vincula a la «sangre». En la tradición del cordero pascual, y de la Alianza establecida por JHWH con su pueblo por medio de Moisés en el Sinaí, la sangre era el instrumento de la comunión entre Dios y el hombre, porque era considerada como «el alma de la vida», perteneciente sólo a Dios. Ahora, el vino -dice  Jesús- es su sangre, Su misma vida entregada hasta la muerte; y se convierte en el instrumento de la comunión entre Dios y los hombres: su sacrificio abre el Reino de Dios en la historia.

Este mismo significado se expresa en otro símbolo estrechamente unido a la sangre que es el del cáliz: en toda la tradición bíblica, tiene el sentido de la ofrenda sacrificial de la vida, hasta el derramamiento de la sangre (recordemos a Jesús en el huerto de Getsemaní). A pesar de esto, no conviene excluir otro significado, que es de nuevo el de la alegría mesiánica: el vino es el signo de la vida nueva que brota del sacrificio de Jesús (recordemos las bodas de Caná). Por tanto, la simbología del cáliz se une a la del banquete mesiánico; no por nada, el relato de la última cena presenta también estas significativas palabras de Jesús: «Os digo que desde ahora no beberé del fruto de la vid hasta el día en que lo beba con vosotros, nuevo, en el Reino de mi Padre» (Mt 26, 29).

Situándonos -por así decir- en el interior de la perspectiva de Jesús, podemos afirmar que Él manifiesta explícitamente la idea que tiene de lo que va a suceder. Su muerte tiene un significado escatológico, el de la instauración definitiva de la Nueva Alianza, de la llegada del Reino de Dios que Él ha anunciado: es sacrifico y es comunión con Dios y, por Él, con los hermanos.

En conclusión, la muerte de Jesús se presenta claramente en el cruce de dos direcciones: la primera es la del rechazo de los jefes de Israel; la segunda es el gesto de extrema fidelidad de Jesús al proyecto del Padre, y de definitivo servicio a los hombres y de solidaridad con ellos, que Jesús expresa hasta el extremo con su muerte. La cena pascual recoge, anticipa y perpetúa («haced esto en memoria mía») el significado salvífico del entrecruzarse de los dos caminos.

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