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La Resurrección de Jesús

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JESÚS DE NAZARET: EL MESÍAS CRUCIFICADO Y RESUCITADO

Para examinar el testimonio evangélico de la resurrección tratamos tres puntos.

- El primero, se refiere al kérigma primitivo de la Iglesia. Hasta ahora, hemos hablado del kérigma de Jesús, que era el de la llegada del Reino; de ahora en adelante hablamos del kérigma de los apóstoles y de la comunidad primitiva, que es la resurrección de Jesús, o mejor: Jesús que ha resucitado. En el Nuevo Testamento encontramos por tanto dos anuncios diferentes (aunque al final -como veremos- coincidentes) que históricamente se colocan en una sucesión cronológica: el kérigma de Jesús (período pre-pascual); el kérigma sobre Jesús (período post-pascual).

 - El segundo punto que intentaremos examinar corresponde a las «apariciones» de Jesús resucitado que, tal como son descritas en el Nuevo Testamento, constituyen el acontecimiento fundante de la fe en la resurrección.

- En el tercer punto intentaremos, por último, ver cuál es el significado de la resurrección de Jesús en relación con el kérigrna mismo de Jesús. Hemos visto ya cómo la muerte de Jesús es parte integrante, y decisiva, de su proyecto mesiánico; ahora queremos comprender el significado de la cruz a la luz de la resurrección y en relación con el proyecto mesiánico de Jesús.

1. EL KÉRIGMA ORIGINARIO DE LOS APÓSTOLES: iJESÚS HA RESUCITADO!

Como primer punto, examinemos cuáles son, en el ámbito del Nuevo Testamento, los testimonios más antiguos de la fe de la comunidad cristiana primitiva en la resurrección de Jesús. Elegimos dos de ellos.

1.     Los dicursos kerigmáticos de los Hechos de los apóstoles

El Primer testimonio nos es transmitido por los Hechos de los Apóstoles en los esquemas de predicación a los que ya hemos recurrido cuando comenzamos a hablar de la historia de Jesús. Estos esquemas emplean términos y símbolos muy arcaicos, y constituyen un ejemplo importante de las construcciones originarias, primero orales y después literarias, que estarán en la base de toda la elaboración sucesiva de los evangelios. Tomemos, por ejemplo, el discurso de Pedro en casa de Cornelio:

“Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo; cómo Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él; y nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la región de los judíos y en Jerusalén; a quien llegaron a matar colgándole de un madero; a éste Dios le resucitó al tercer día y le concedió la gracia de aparecerse, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos. Y nos mandó que predicásemos al Pueblo, y que diésemos testimonio de que él está constituido por Dios juez de vivos y muertos” (Hch 10, 37-42)[1].

Encontramos aquí una densísima descripción histórica y teológica al mismo tiempo de toda la historia de Jesús. Los apóstoles son presentados como los testigos (= mártyres) no sólo de la vida histórica sino también de la resurrección de Jesús. Por esta razón son llamados a anunciar que Jesús ha sido constituido juez de vivos y de muertos, es decir, que Dios le ha dado el señorío del Reino, al hacerlo resucitar de entre los muertos[2].

2.     La profesión de fe de 1 Co 15

El segundo texto lo encontramos en San Pablo, intercalado en la primera carta a los Corintios, escrita en torno al año 56-57. Muy probablemente este texto es más primitivo que el primero, porque Pablo, dirigiéndose a la comunidad de Corinto, se remite a la predicación que les había dirigido a ellos en el año 50. En concreto dice: «Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí». Lo que «a su vez» él ha recibido, se lo debe bien al acontecimiento que le ha ocurrido en el camino de Damasco, de donde ha surgido su famosa conversión (año 35); bien (como fórmula precisa de fe) al momento en que se trasladó a Jerusalén para confrontarse con los apóstoles (año 38). De todo esto podemos concluir que este testimonio escrito se remonta probablemente al 38-40, también porque, examinando los términos, se constata que tienen un sabor de acentuada arcaicidad[3]. Por tanto es un testimonio antiquísimo: quizá el testimonio escrito de la resurrección más antiguo que poseemos.

He aquí el texto de la primera carta a los Corintios:

“Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí:

-        que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras;

-        - que fue sepultado

-        - y que resucitó al tercer día, según las Escrituras;

-        - que se apareció a Cefas y luego a los Doce.

Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron. Luego se apareció a Santiago; más tarde a todos los apóstoles. Y en último término se me apareció a mí, como a un abortivo. ( ... ) Pues bien, tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído» (1 Co 15, 3-1 l).

Los elementos que encontramos afirmados en este texto -que es en el fondo una antiquísima profesión de fe en la resurrección de Jesús- son los mismos que hemos visto en los Hechos de los Apóstoles. Es interesante subrayar que los verbos «murió», «fue sepultado-, «apareció», están en griego, en aorista, tiempo que indica un hecho sucedido en el pasado, que no tiene consecuencias sobre el presente. Sin embargo, cuando Pablo dice «ha resucitado», usa el perfecto, un tiempo que significa la permanencia actual de un acontecimiento que ha sucedido en el pasado, pero que continúa teniendo efectos sobre el presente[4] .

A partir de estos testimonios de Pedro y de Pablo podemos concluir que la misión de anuncio de los apóstoles se concentra en el anuncio de la resurrección. Es a partir de este testimonio autorizado de la resurrección por parte de los apóstoles como nace el movimiento cristiano.

El punto central presente en ambos testimonios, pero ampliamente subrayado y explicitado en la profesión de fe presentada por Pablo, es que Jesús resucitado “se ha aparecido”: porque se han encontrado con él en estas «apariciones» es por lo que los apóstoles le experimentan como resucitado y reciben el mandato del anuncio.

II. LAS APARICIONES DE JESÚS RESUCITADO: ACONTECIMIENTO FUNDANTE DE LA FE PASCUAL

Para captar el significado y el alcance de las apariciones de Jesús resucitado hemos de señalar que:

- en primer lugar, en sí misma, como acto de reanimación del cadáver de Jesús, la resurrección no está atestiguada, ni como tal posee testigos directos; 

- en segundo lugar, la fe cristiana no se basa ni siquiera en el testimonio del simple hallazgo de la tumba vacía[5];

- por último, los apóstoles, Pablo y las mujeres se ven implicados en una experiencia de encuentro con Jesús resucitado, es decir, en un modo de existencia radicalmente diferente del que tenía antes, pero al mismo tiempo, en continuidad con su existencia precedente: por ello lo pueden «reconocer», si bien -al menos en algunos casos- no sin cierta dificultad..

1. La sucesión de las apariciones

Si examinamos los testimonios del Nuevo Testamento podemos decir que tenemos dos núcleos principales de apariciones.

- El primero se localiza en Jerusalén, tiene lugar el primer día tras el sábado, y los beneficiarios de las apariciones son primero las mujeres, después los apóstoles, y también otros discípulos (como los de Emaús)[6]. Pedro desempeña un papel particular en estas apariciones, tanto en el evangelio de Lucas, como en la carta a los Corintios, de tal modo que la primera aparición, si no en sentido cronológico sí en sentido fundante, es al primero de los apóstoles, de la cual brota después la iniciativa de volver a reconstruir la comunidad apostólica que se había dispersado[7].

- El segundo núcleo viene atestiguado en Galilea, en la región donde originariamente Jesús había predicado la llegada del Reino. Se trata de apariciones a los once que han retornado a Galilea tras la Pascua[8].

El momento conclusivo está formado por la aparición que acontece cuando Jesús, después de haber prometido el don del Espíritu, «se oculta» a sus ojos (episodio de la ascensión)[9].

Simplificando las cosas, se podría decir que -tras las apariciones «pascuales» en Jerusalén- se vuelve a constituir en Galilea la comunidad mesiánica, y de nuevo en Jerusalén ( en relación con la fiesta de Pentecostés) se produce el inicio definitivo de la Iglesia.

Además de estas apariciones decisivas y fundantes para la fe de los apóstoles y del grupo de los discípulos más cercanos, y para la reconstrucción de la comunidad mesiánica, encontramos otras apariciones, como aquella a Pablo, a Santiago, o a más de quinientos hermanos -todas recogidas por San Pablo (1 Co 15, 6-8).

Entre ellas, obviamente, la aparición a Pablo adquiere una importancia particularísima, sobre todo en relación con la misión especial que le será conferida como “apóstol de los gentiles”[10].

3.     La experiencia del encuentro con Jesús resucitado.

Ahora bien, ¿qué experiencia han hecho en estas apariciones? En primer lugar, se trata de un acontecimiento en el que aparece la iniciativa de Jesús que se presenta en una situación de absoluta novedad respecto a su situación de existencia precedente, pero -como hemos dicho- no hasta el punto de no llegar a permitir su reconocimiento. Esta iniciativa de Jesús resucitado es muy importante porque muestra que no se trata de una ilusión o de una proyección de la espera o de la «fe» de los apóstoles. Tanto es así que se usa un verbo en forma pasiva (con un significado también medio-pasivo) que tiene su sujeto en Jesús: «Jesús fue visto, se mostró» (óphte), para subrayar su iniciativa[11].

Como consecuencia encontramos después el reconocimiento/respuesta sobre todo por parte de los apóstoles y, en general, de quien se ve implicado en esta experiencia. No se trata de un reconocimiento automático o inmediato, sino que pasa a través del estupor y la duda, superado gracias a una «manifestación» de Jesús, una palabra suya o un gesto suyo[12].

Las apariciones son, pues, un acontecimiento relacional, es la reinstauración de una relación, posee una estructura de oferta/respuesta: recordemos la estructura dialógica del acontecimiento del Reino en la predicación y en la praxis de Jesús.

Desde esta perspectiva, Jesús privilegia a quienes habían sido ya testigos de su existencia (excepto en el caso singular de San Pablo), y parece hacerlo por dos motivos que se deducen fácil- mente de estos relatos.

a)     Primero, porque estaban ya en actitud de apertura para dejarse envolver por la plena manifestación de Jesús mismo. El reconocimiento de Jesús no es sólo un reconocimiento de su identidad, sino del significado total y definitivo de su mensaje y de su misión.

b)     Segundo, porque así se manifiesta profundamente la continuidad (en la discontinuidad) entre el Jesús histórico y el Cristo resucitado. Esto es esencial para la fe cristiana, porque ésta se funda, de forma inseparable, en la unión del kérigma del Reino anunciado por el Jesús histórico, con el kérigma sobre Jesús resucitado, anunciado por los apóstoles a partir de las apariciones.

Esta experiencia que los apóstoles tienen de Jesús de Nazaret es nueva, porque Jesús se presenta en un estado de existencia radicalmente diverso del estado precedente: Él, estando ya en posesión del señorío que el Padre le ha entregado, se muestra como Hijo del Hombre glorioso (por usar el lenguaje del Jesús pre-pascual).

Pero es nueva también en referencia a los sujetos que están implicados, o sea, los apóstoles, porque, al igual que en la predicación del Jesús histórico era necesaria la apertura de fe para aceptar su palabra y entrar en el Reino, así también ahora la aparición de Jesús resucitado implica de nuevo un compromiso libre y más radical. No es un dato de hecho ni mágico ni obligatorio, sino que implica la libertad de respuesta: la fe, una fe más plena.

En este sentido, la experiencia de la aparición de Jesús resucitado a los apóstoles está en continuidad/discontinuidad con su mensaje. Si queremos utilizar las categorías del comienzo de su ministerio, podremos decir que la aparición de Jesús se muestra como la instauración del Reino de Dios sobre todo en Él, en su persona de resucitado de entre los muertos, y -a través de Él- en medio de los apóstoles, en cuanto que libremente se dejan implicar por Él. Esta completa adhesión a Él como resucitado se expresa, en el Nuevo Testamento, en la fe en que Jesús ha resucitado, en el creer que Jesús está vivo, que actúa y está presente en la historia, y en el testimoniarlo con absoluta fidelidad y asombrosa convicción hasta el don de la vida (= martirio).

Con estas apariciones los apóstoles recuperan la fuerza y la energía para reemprender el proyecto mesiánico del que habían sido hechos partícipes, y además con la fe cierta en un elemento radicalmente nuevo: la victoria (misteriosa, pero real) de Jesús sobre la muerte y sobre el rechazo de los hombres a abrirse a la llegada de Dios en medio de ellos. Por eso se puede concluir que son las apariciones las que provocan la reconstitución de la comunidad mesiánica, donde Pedro desempeña un papel de iniciativa particular, y -junto a él- los apóstoles, como testigos del significado global y de la novedad radical del evento de Jesús, muerto y resucitado. Comunidad que muestra enseguida que tiene una potencia misionera y evangelizadora  formidable. En este sentido, la muerte de Jesús no sólo se integra dentro de su proyecto mesiánico, sino que, como camino abierto y casi obligado hacia la resurrección, se convierte en el lugar para el total despliegue de este mismo proyecto. El Reino predicado por Jesús consistía en el anuncio de la paternidad de Dios que remodela las relaciones entre los hombres, proyectando la existencia humana reconciliada en el amor hacia un destino de plenitud: y en la resurrección encontramos precisamente la actuación radical -aunque de manera inicial- de este Reino. Con esto entramos en el siguiente punto que hemos anunciado antes: el del significado de la resurrección.



[1] Otros textos similares en los Hechos son: 2, 26-36 (discurso de Pedro a los judíos en el día de Pentecostés); 3, 12-26 (discurso de Pedro en el Templo tras la curación del tullido); 4, 8-12; 5, 29-32 (confesión de fe de los apóstoles ante el Sanedrín); 13, 16-42 (discurso de Pablo a los judíos de Antioquía de Pisidia)

Obviamente, sería necesario valorar atentamente el trabajo de redacción desarrollado por Lucas en la formulación de estos discursos; lo esencial, para nuestro intento, es destacar los elementos portadores y originarios del kérigma apostólico, reelaborados sabiamente por el evangelista.

[2] En la Iglesia naciente el papel de los doce se caracteriza precisamente por haber estado con Jesús durante su vida y, como Resucitado, después de su muerte; por este motivo ellos no son sólo testigos dignos de ser atendidos, sino testigos autorizados de su mensaje y de su cumplimiento pascual: verdaderas “columnas” de la Iglesia corno los definirá el Apocalipsis (cf. Ap 21, 14). Todo esto está expresado de forma muy clara por Pedro, ante la elección de un sustituto de Judas: “Conviene, pues, que de entre los hombres que anduvieron con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús convivió con nosotros, a partir del bautismo de Juan hasta el día en que nos fue llevado, uno de ellos sea constituido testigo con nosotros de su resurrección» (Hch 1, 21-22).

 

[3] Para reconstruir las etapas sobresalientes de la vida de Pablo nos remitimos a la carta a los Gálatas, donde el apóstol cuenta sucesivamente las etapas principales de su historia:

“Porque os hago saber, hermanos, que el evangelio anunciado por mí( ... ) yo no lo recibí ni aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo. Pues ya estáis enterados de mi conducta anterior en el judaísmo, cuán encarnizadamente perseguía a la Iglesia de Dios y la devastaba, y cómo sobrepasaba en el judaísmo a muchos de mis compatriotas contemporáneos, superándoles en el celo por las tradiciones de mis padres. Mas, cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que le anunciase entre los gentiles, al punto, sin pedir consejo ni a la carne ni a la sangre, sin subir a Jerusalén donde los apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia, de donde nuevamente volví a Damasco. Luego, de allí a tres años, subí a Jerusalén para conocer a Cefas y permanecí quince días en su compañía. Y no vi a ningún otro apóstol, y sí a Santiago, el hermano de¡ Señor. Y en lo que os escribo, Dios me es testigo de que no miento» (Ga 1, 11-20).

[4] Destaca la constante referencia “según las Escrituras”, que subraya cada afirmación de la fórmula de fe (referencia bastante presente en la tradición de fe apostólica: cf., por ejemplo, Mc 14, 49; Mt 1, 22; Lc 24, 44; Jn 12, 38). En realidad, lo que se anuncia posee un espesor de novedad radical incluso respecto a la promesa del Antiguo Testamento. Pero esto no quita que el kérigma primitivo, a partir del evento de la resurrección, pueda descubrir “hacia atrás” las etapas de la acción de Dios en la historia y el anuncio -a menudo misterioso- de lo que habría acontecido en la plenitud de los tiempos. A fin de cuentas, no es tanto el pasado (el Antiguo Testamento) el que ilumina el presente (la resurrección de Jesús), sino al contrario, si bien, al mismo tiempo, la novedad de la resurrección puede comprenderse y expresarse -al menos de modo incipiente e indicativo- a través de las categorías y los anuncios previos del pasado. En el fondo, es el proceso de relectura hermenéutica de la Escritura que se inserta ya en el Nuevo Testamento, a la luz de Jesús crucificado y resucitado -definitiva «clave de interpretación» del designio de Dios sobre la historia (cf. más adelante, lo que diremos a propósito de la aparición del Resucitado a los discípulos de Emaús).

[5] Aunque los relatos sobre el hallazgo de la tumba vacía tienen cierta relevancia en los textos evangélicos (cf. Mt 16, 1 -8; Mc 28, 1-8; Lc 24, 1-12; Jn 20, 1-13), porque testimonian que el cuerpo de Jesús no se ha quedado en la tumba, en la condición de un cadáver sin vida; más aún, el cuarto evangelio subraya que las modalidades concretas de este descubrimiento constituyen ya -para la inteligencia amante del discípulo «amigo de Jesús» un «signo» que desde el «ver» lleva al «creer». Sin embargo, la constatación de la tumba vacía no basta para afirmar qué significa que Él ha resucitado: sólo el acontecimiento del encuentro con Él puede mostrar la experiencia. Mateo nos narra el rumor del robo del cuerpo de Jesús por parte de los apóstoles: «algunos de la guardia fueron a la ciudad a contar a los sumos sacerdotes todo lo que había pasado (que habían encontrado la tumba vacía). Éstos, reunidos con los ancianos, celebraron consejo y dieron una buena suma de dinero a los soldados, advirtiéndoles: 'Decid: sus discípulos vinieron de noche y lo robaron mientras nosotros dormíamos. Y si la cosa llega a oídos del procurador, nosotros le convenceremos y os evitaremos complicaciones”. Ellos tomaron el dinero y procedieron según las instrucciones recibidas. Y se corrió esa versión entre los judíos hasta el día de hoy» (Mt 28, 11 -1 5: el paréntesis es nuestro).

[6] Lc 24, 36-53 y Jn 20, 19-23 (apariciones a los once la noche de Pascua); Jn 20, 11-18 (a María Magdalena); Mc 28, 9-10 (aparición a las mujeres); Lc 24, 13-35 (a los discípulos de Emaús); Jn 20, 24-29 (ocho días después de Pascua).

[7] Lc 24, 33-34; 1 Co 15,5

[8] Mt 28, 16-20 (Mc 16, 15-16); Jn 21, 1-19

[9] La ascensión (cf. Mc 16, 19; Lc 24, 50-53; Hch 1, 3-14) significa el retorno de Jesús resucitado a la gloria del Padre, su penetración en las profundidades del misterio de Dios del cual ha venido (en la perspectiva del evangelio de Juan) y la elevación a la derecha del Padre. El tema ya era conocido en el Antiguo Testamento: el patriarca Henoc “anduvo con Dios, y desapareció porque Dios se lo llevó” (Gn 5, 24); también “Elías subió al ciclo en el torbellino” (2 R 2, 11). El «caso» de Jesús es sin embargo, escatológicamente singular, no sólo porque Él ha resucitado de ente los muertos y porque es el Hijo Unigénito de Dios, sino también porque -por su resurrección y por su identidad filial- puede introducir en Dios (en el Cielo hacia el que asciende) a los hombres, como permite intuir el episodio de la aparición de Jesús a María Magdalena: -no me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios» (Jn 20, 17). Por otra parte, siempre en el cuarto evangelio, Jesús había prometido a los suyos que volvía al Padre para prepararles un lugar (cf. Jn 14, 1-4).

[10] Numerosos los testimonios de esta experiencia fundamental de S. Pablo, bien en sus cartas (además de 1 Co 15; Ga 1,15-16; Flp 3,7-12; Ef 3, 3-7; 1 Co 9, 1), o bien en los Hechos de los Apóstoles (9, 3-19; 22, 6-17; 26,12-20).

[11] Cf. 1 Co 15,3-8; Lc 24,34; Hch 9,17; 13,31; 26,16. Hemos de señalar que se trata del mismo verbo utilizado en la traducción griega del Antiguo Testamento para describir las teofanías (cf. Gn 12, 7; 17,1; 18,1; 26,2... ).

[12] Paradigmático, por la descripción de la relación interpersonal que lleva al reconocimiento de Jesús resucitado, es el episodio del encuentro entre Jesús y María Magdalena en el evangelio de Juan (20,11-18). María reconoce al Maestro (a quien ha seguido y que todavía, y más profundamente, debe seguir) sólo cuando Él la llama por su nombre: es entonces cuando ella puede responder y reconocerlo en su nueva y definitiva realidad de vida.

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